La Ley Espiritual de Marcos el Asceta. (3)

A propósito de aquéllos que se creen justificados por sus obras
La mala fe de los de afuera es inmediatamente demostrada por parte de aquellos que tienen una fe firme y conocen la verdad.
El Señor, queriendo demostrar que cada mandamiento es justo y que la adopción a los hijos ha sido donada a los hombres por medio de su sangre, dice que cuando hayan hecho todo lo que les han mandado, entonces dirán: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer (Lc 17:10). Por esto el Reino de los Cielos no es merced por las obras, sino gracia del Soberano preparada para los siervos fieles.
El siervo no pide la libertad como merced, pero se alegra sabiéndose deudor y la recibe como gracia.
Cristo ha muerto por nuestros pecados, según las Escrituras (1 Co 15:3) y a quien lo sirve bien, le concede como gracia la libertad. Se ha dicho: Bien, siervo bueno y. fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré en lo mucho. Entra en el gozo de tu Señor (Mt 25:21).
No es siervo fiel el que se apoya sobre el simple conocimiento, sino aquel que cree mediante la obediencia en lo que Cristo ha mandado.
El que honra a su patrón, hace lo que está mandado. El que se equivoca o desobedece, soportará las consecuencias como es debido.
Si quieres aprender, ama la fatiga. Pues la ciencia pura hace que el hombre se sienta henchido.
Las tentaciones que nos acosan y que son inesperadas, nos enseñan providencialmente a amar la fatiga y nos conducen a la penitencia, aunque no lo queramos.
Las tribulaciones que caen sobre los hombres son el producto de nuestro mal. Pero si las combatimos mediante la oración, encontraremos un agregado de cosas buenas.
Algunos, recibiendo alabanzas por su virtud, han encontrado placer en ello, considerando como un consuelo esta voluptuosidad de la vanagloria. Otros, reprochados por su pecado, se han sentido angustiados y han considerado como algo malo esta pena benéfica.
Los que, con el pretexto de su lucha, se levantan contra el que es más negligente, consideran estar justificados por las obras de su cuerpo. Pero aquellos que, apoyándose solamente en el conocimiento, desprecian a los ignorantes, son incluso menos sensatos que los precedentes.
Sin las obras que le corresponden, el conocimiento no está aún asegurado, admitiendo que sea verdadero. Porque, respecto a cualquier realidad, la confirmación es dada por las obras.
A menudo el conocimiento es oscurecido por la negligencia en la práctica. Puesto que de aquellas cosas que han sido realizadas de modo completamente desacertado, perecerán poco a poco también los recuerdos.
Por ello, las Escrituras nos sugieren conocer a Dios según la ciencia, para poder servirlo rectamente mediante nuestras obras.
Cuando exteriormente cumplimos los mandamientos, el Señor nos envía capacidad de tanto en tanto, y obtenemos de ello ventajas según el objetivo de nuestras intenciones.
El que quiere hacer algo y no puede hacerlo, es como aquel que lo ha hecho por Dios, quien conoce los corazones. Y esto es válido, ya sea para el bien, ya para el mal.
El intelecto, sin el cuerpo, cumple muy bien y muy mal. Pero el cuerpo sin el intelecto, no puede cumplir con nada de esto. La explicación se debe a que la ley de la libertad se reconoce antes de la acción.
Algunos que no cumplen los mandamientos creen de tener una fe que procede con rectitud. Otros, que los cumplen, esperan al Reino como una merced debida. Todos ellos se han desviado de la verdad.
El patrón no debe ninguna merced a sus esclavos; éstos, a su vez, de no servir bien, no obtendrán su libertad.
Si Cristo ha muerto por nosotros (Rm 5:8), como dicen las Escrituras, y nosotros no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que ha muerto por nosotros y ha resucitado, es evidente que estamos comprometidos a servirle hasta la muerte. ¿Cómo considerar cosa debida la adopción de hijos?
Cristo es el Soberano por esencia y Soberano según la economía. Porque nos hizo cuando no existíamos y, muertos por el pecado, nos ha rescatado mediante su propia sangre y ha donado su gracia a aquellos que lo creen así.
Cuando escuches de las Escrituras que Cristo recompensará a cada uno según sus obras, no entiendas que se refiere a obras dignas de la gehenna o del Reino. Debes entender que Cristo dará a cada uno una retribución por las obras relativas a la incredulidad o a la fe en Él; no como un mediador de negocios, sino como el Dios que nos ha creado y redimido.
Todos aquellos que hemos sido hechos dignos de un lavado de regeneración, no presentamos nuestras buenas obras para lograr una retribución, sino para custodiar la pureza que nos ha sido donada.
Toda buena obra, que realizamos mediante nuestra naturaleza, nos mantiene alejados de lo contrario, pero sin la gracia no se puede alcanzar ninguna santificación.
El continente se mantiene alejado de la gula. El que es pobre voluntario, de la avaricia. El silencioso, del modo de hablar. El casto, del amor al placer. El puro, de la fornicación. El que se basta a sí mismo, del amor por el dinero. El manso, del tumulto. El humilde, de la vanagloria. El que se somete, de la contienda. El que reprocha, de la hipocresía. Del mismo modo, el que ora se mantiene alejado de la desesperación. El pobre, del deseo de tener muchas posesiones. El confesor de la fe, de abjurar; y el mártir, de la idolatría. ¿Ves cómo toda virtud que se practica hasta la muerte no es otra cosa que la abstención del pecado? Pero abstenerse del pecado es obra de la naturaleza, no un precio a pagar para recibir, en compensación, el Reino.
El hombre con dificultad custodia lo que es propio de su naturaleza, pero Cristo, mediante la cruz, nos ha regalado el adoptarnos como hijos.
Hay un precepto particular y vino general. Con uno se manda dar a quien nada posee en forma particular; con el otro, se ordena que todos renuncien a sus propios bienes.
Hay una acción de la gracia de la cual el simple no se percata. Hay una operación de la malicia que es similar a la verdad. Está bien no detenerse demasiado en estas cosas, para no errar; sin embargo no debemos condenarlas, por la verdad que pueden contener. Deberemos presentar todo a Dios por medio de la esperanza, ya que Él sabe de la utilidad de ambas cosas.
El que quiere cruzar el mar espiritual es paciente, humilde, vigilante y continente, Sin estas cosas, aunque se esfuerce por entrar, no podrá atravesar ese mar.
La hesichía es la rescisión de los males. Si luego agregamos las cuatro virtudes, conjuntamente con la oración, no hay ayuda más rápida que ésta para alcanzar la impasibilidad.
No es posible asociar el intelecto a la hesikia sin el cuerpo; tampoco se puede eliminar la pared divisoria que se halla entre ellos sin hesikia y oración.
El deseo de la carne está contra el Espíritu y el del Espíritu está contra la carne (Ga 5:17). Pero aquellos que caminan según el Espíritu no llevarán a cabo la concupiscencia de la carne.
No hay oración perfecta si no se invoca con el intelecto. Dios atiende el pensamiento que grita sin distracción.
El intelecto que ora sin distracción refrena su corazón. Un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia (Sal 50:17).
A la oración también se la denomina virtud, aunque sea la madre de todas las virtudes. Las genera, en efecto, uniéndose a Cristo.
Si algo hacemos sin oración y sin buena esperanza, resultará de ello algo nocivo e imperfecto.
Cuando oyes que los últimos serán los primeros y los primeros, últimos (Mt 20:16), entiende esto como referido a aquellos que son partícipes de las virtudes y a los que son partícipes del amor. El amor está en el último lugar entre las virtudes, pero se convierte en el primero por su valor y deja como últimas aquellas virtudes que lo han precedido.
Si en la oración eres perezoso o atormentado por los variados modos del mal, recuerda el final que te tocará vivir y los duros castigos. Mas bien deberemos apegarnos a Dios con la oración y la esperanza, antes que tener recuerdos exteriores, aunque éstos puedan ser útiles.
Ninguna de las virtudes, por sí sola, puede abrirnos las puertas de nuestra naturaleza. Todas ellas deberán vincularse entre sí.
Ninguna persona continente se nutre de razonamientos, ya que, aunque son útiles, no son más útiles que la esperanza.
Es un pecado de muerte todo pecado del cual no nos arrepentimos. Y aunque un santo rogara por otro que cometió un pecado de este tipo, no sería escuchado.
El que hace penitencia con rectitud no calcula compensar con su fatiga los pecados anteriormente cometidos; pero con lo que hace, se torna propicio a Dios.
Todo aquello que nuestra naturaleza puede tener como bueno, deberemos cumplirlo cada día como una deuda. De otro modo, ¿qué podremos dar a Dios a cambio por los males pasados?
Aunque podamos ejercitar al máximo nuestra virtud, si actuamos con negligencia, obtendremos reproches antes que recompensas.
El que está espiritualmente atribulado y se apoya en la carne, es parecido a aquel que está atribulado en su cuerpo pero disipado espiritualmente.
La tribulación voluntaria de una de estas partes es buena para la otra: la de la mente para la carnal; y la de la carne para la mental. Su combinación origina una gran fatiga.
Es de gran virtud soportar lo que nos sucede y amar al prójimo que nos odia, según la palabra del Señor.
La prueba de un amor no hipócrita es el perdón de nuestras faltas. Es así como el Señor ha amado al mundo.
No es posible perdonar, desde nuestro corazón, algún error sin verdadero conocimiento. Éste demuestra a cada uno como cosa propia lo que le ha sucedido.
No perderás nunca lo que dejas para el Señor. A su debido tiempo se te devolverá multiplicado.
Cuando el intelecto olvida los objetivos de una vida pía, la obra exterior de la virtud se torna inútil.
En cualquier hombre es cosa deplorable la desconsideración; tanto más en quien ha elegido un régimen de vida más riguroso.
Ponte a filosofar en torno a los hechos que giran alrededor del querer del hombre y la retribución de Dios. El discurso no es más sabio ni más útil que el obrar.
Las fatigas resultantes de llevar una vida pía son aliviadas por el socorro. A éste se lo puede reconocer por medio de la ley divina y de la conciencia.
Uno ha asumido un modo de sentir y lo ha mantenido sin someterlo a ningún examen. Otro lo ha asumido y lo ha sometido al discernimiento con verdad. ¿Es necesario indagar quién de los dos ha actuado con mayor piedad?
Luchar contra las propias penas constituye el verdadero conocimiento, así como no acusar a los hombres por las propias desventuras.
El que hace el bien buscando una retribución, no sirve a Dios, sino a la propia voluntad.
No es posible al que hubo pecado huir del castigo, a menos que cumpla una penitencia que tenga relación con la culpa cometida.
Algunos dicen: “No podemos hacer el bien si no recibimos eficazmente la gracia del Espíritu.”
Se da siempre que los que con la intención se mantienen apegados a los placeres rechazan, como si hubieran sido privados de ayuda, lo que hubieran podido hacer por sí solos.
A los que fueron bautizados en Cristo les fue misteriosamente donada la gracia, la cual actúa en la medida en que cumplimos con los mandamientos. La gracia nos ayuda sin cesar aunque en forma escondida, pero nos corresponde a nosotros hacer el bien según nuestra posibilidad
Como primera cosa, ella despierta la conciencia de un modo digno de Dios. Es por esto que muchos malhechores, una vez hecha penitencia, son gratos a Dios.
A la gracia se la encuentra escondida en una enseñanza del prójimo. A veces acompaña nuestra mente durante la lectura y, mediante un proceso natural, adiestra al intelecto en la propia verdad. Si no escondemos, el talento de este proceso parcial, entraremos eficazmente en el gozo del Señor.
Quien busca los resultados del Espíritu antes de haber cumplido los mandamientos, es similar a un esclavo comprado a un precio determinado, quien, en el momento de ser comprado, trata de hacer registrar junto a su precio también su libertad.
El que ha descubierto que los eventos exteriores se producen por la justicia de Dios, éste, en la búsqueda del Señor, ha encontrado el conocimiento junto con la justicia .
Si tú entiendes, según lo que dicen las Escrituras, que en toda la Tierra están los juicios de Dios, cada acontecimiento será para ti maestro del conocimiento de Dios.
Lo que sucede es cuanto debe suceder según lo que está en el corazón Pero solamente Dios sabe cuánto estos acontecimientos nos benefician.
Cuando sufres algo deshonroso por parte de los hombres, piensa en seguida en la gloria con la que Dios te colmará. Así te librarás de la tristeza y de la turbación, aun estando en el deshonor. Y en la gloria, cuando venga, serás fiel y libre de condena.
Cuando seas alabado por la gente, según la complacencia de Dios, no mezcles nada ostentoso con la distribución del Señor. Esto es para que tú no tropieces nuevamente, en la situación contraria, al cambiar las cosas.
La semilla no puede crecer sin tierra ni agua. Así el hombre no obtendrá nada sin fatigas voluntarias ni ayuda divina.
Sin la nube es imposible que caiga la lluvia. Así, sin una buena conciencia, no es posible ser gratos a Dios.
No te niegues a aprender aunque fueras sumamente inteligente. Porque la divina distribución nos brinda más ventajas que nuestra inteligencia.
Cuando a causa de algún placer, el corazón es removido de su lugar natural, se torna difícil detenerlo, casi como si fuera un piedra pesada que rueda cuesta abajo.
Como un cordero inexperto que corre por los prados y termina en un lugar rodeado por precipicios, así es el alma que poco a poco se deja arrastrar por los pensamientos.
Una vez que el intelecto se ha hecho fuerte en el Señor, arranca el alma de las pasiones concebidas hace bastante tiempo. Nuestro corazón es así atormentado como por torturadores, encontrándose tironeado por partes opuestas ya sea por el intelecto como por la pasión.
Así como aquellos que navegan en el mar, con la esperanza de una ganancia, soportan voluntariamente el ardor del sol, aquellos que odian el mal aman los reproches. Puesto que, así como el primero – el ardor del sol – se opone a los vientos, el segundo – el reproche – se opone a las pasiones.
La huida en tiempo de invierno o en el día sábado causa dolor a la carne y contaminación al alma. Tal es el surgir de las pasiones en un cuerpo senil y en un alma consagrada.
Ninguno es tan bueno ni tan piadoso como el Señor. Pero el que no hace penitencia, no es perdonado por Él tampoco.
Muchos de entre nosotros se afligen por los pecados, pero reciben bien aquello que los causa.
La marmota que se arrastra bajo tierra, siendo ciega, no puede ver las estrellas. Del mismo modo, el que no tiene fe respecto a las cosas temporales, no puede creer lo que concierne a las eternas.
El verdadero conocimiento es donado por Dios a los hombres como una gracia anterior a todas las gracias. A los que tienen una parte en ella les enseña a creer en Aquel que les ha otorgado el don.
Cuando el alma en pecado no acepta los sufrimientos que la afligen, los ángeles dicen de ella: Hemos curado a Babilonia, pero no se ha sanado (Jn 28:9).
El intelecto que se ha olvidado del verdadero conocimiento, ¡lucha a favor de los enemigos casi como si fueran éstos la ayuda de los hombres!
Así como el fuego no puede durar en el agua, tampoco un mal pensamiento sobrevive en un corazón que ama a Dios. Porque quien quiera que ame a Dios, ama también el penar. Y la pena voluntaria es por naturaleza enemiga del placer.
La pasión que ha encontrado alimento por medio de la voluntad, se sublevará luego violentamente contra el hombre que es partícipe, aunque éste no lo quiera.
Amamos las causas de los pensamientos involuntarios, y es por esto que éstos sobrevienen. En cuanto a los voluntarios, es evidente que amamos sus acciones
La presunción y la arrogancia son causas de maledicencia. El amor por el dinero y la vanagloria, de dureza de corazón y de hipocresía.
Cuando el Diablo ve que el intelecto reza desde el corazón, hace que nos acosen grandes y malignas tentaciones. No trata de destruir pequeñas virtudes con grandes ataques.
Un pensamiento que se detiene en nosotros, manifiesta la disposición pasional del hombre. Cuando es destruido en seguida, es índice de lucha de oposición.
Tres son los lugares espirituales en los cuales el intelecto entra y se transforma: según natura, más allá de la natura y contra natura. Cuando se halla según natura, se encuentra a sí mismo culpable de malos pensamientos. Entonces confiesa a Dios sus pecados admitiendo las causas de las pasiones. Pero cuando se encuentra en lugar contra natura, se olvida de la justicia de Dios y combate a los hombres como si éstos le causaran daño. Cuando es conducido al lugar más allá de la natura, encuentra los frutos del Espíritu Santo, de los cuales nos hablara el Apóstol: amor, alegría, paz. Y ve que si da preferencia a los deseos del cuerpo, no puede permanecer ese lugar. Y el que abandona ese lugar cae en el pecado y en las terribles calamidades que le siguen, aun que no inmediatamente, sino a su debido tiempo, como se da en la justicia divina.
Para cada uno el conocimiento puede ser verdadero en la medida que su humildad, su mansedumbre y su amor lo confirman como tal.
Todo aquel que fue bautizado según su fe, ha recibido místicamente toda la gracia. Pero es mediante el cumplimiento de los mandamientos que logra una certeza plena.
El mandamiento de Cristo cumplido con conciencia da consolación en función de la multitud de dolores del corazón. Pero cada una de estas cosas se realiza a su debido tiempo.
Sé perseverante en la súplica por cada cosa, pues nada puede ser cumplido sin la ayuda de Dios.
Nada es más poderoso que la oración para obrar. Ni nada es más útil para lograr la satisfacción de Dios.
La oración encierra en sí misma toda la actuación de los mandamientos. Nada es más alto que el amor de Dios.
La oración libre de divagaciones es una señal del amor de Dios para el que persevera en ella. Pero ser negligentes y descuidados en la oración es índice de amor al placer.
El que vela, tiene paciencia y reza sin sentirse oprimido, participa visiblemente del Espíritu Santo. Pero incluso el que es oprimido por estas cosas y las soporta con voluntad recibe una pronta ayuda.
Existe un mandamiento que se manifiesta mejor que otro. Por lo tanto, hay una fe que es más firme que otra.
Hay una fe que proviene del escuchar, como dice el Apóstol ; y existe una fe que es la esencia de las cosas esperadas.
Es cosa buena hacer el bien con las palabras al que busca el saber. Es mejor sin embargo, ayudar con la oración y la virtud. El que se ofrece a Dios mediante estas cosas, ayuda también al prójimo con el remedio adecuado.
Si con pocas palabras quieres hacer el bien a quien ama aprender, indícale la oración, la recta fe y soportar cuanto le sucediere. Puesto que todos los otros bienes se encuentran por intermedio de éstos.
A causa de aquello por lo cual se pone nuestra confianza en Dios, se cesa de enfrentar al prójimo.
Si todo lo involuntario se origina en lo voluntario, como dicen las Escrituras, nadie es tan enemigo del hombre como lo es él de sí mismo.
La ignorancia es el principio de todos los males, y después de ésta sobreviene la incredulidad.
Huye de la tentación mediante la resistencia y la súplica. Si tratas de oponerte sin estos medios, la tentación te aquejará aún más.
El que es manso según Dios, es más sabio que los sabios; y el humilde de corazón más poderoso que los poderosos. Porque éstos llevan el yugo de Cristo según su conocimiento.
Cualquier cosa que digamos o hagamos sin oración, será luego peligrosa o dañina, y nos acusará sin que nos percatemos mediante los hechos.
Uno solo es justo en sus obras, las palabras y el pensamiento, mientras que muchos son los justos mediante la fe, la gracia y la penitencia.
Así como es inusitado para el que hace penitencia tener otro sentir de sí mismo, así es imposible tener sentimientos humildes para el que peca voluntariamente.
La humildad no es una condena por parte de la conciencia, sino un reconocimiento de la gracia de Dios y de su compasión.
Lo que constituye la casa material con respecto del área común a todos, así es el intelecto razonable respecto a la gracia divina: cuanto más material se echa hacia afuera, más entra en su lugar, mientras que cuanto más material se coloca dentro, tanto más se retira.
El material de una casa está constituido por objetos y alimentos. El material del intelecto, por la vanagloria y la voluptuosidad.
El espacio en el corazón es la esperanza de Dios. La falta de espacio es representada por la preocupación por el cuerpo.
La gracia del Espíritu Santo es única e inmutable, pero actúa en cada uno como quiere.
Tal como la lluvia caída sobre la tierra ofrece a cada planta la calidad de nutrición que le conviene, dulce para las dulces, acre para las más ásperas, así la gracia en el corazón de los fieles es colocada en forma inmutable, pero gratifica con energías convenientes a las virtudes.
Para el que tiene hambre de Cristo, la gracia se convierte en alimento; para el que tiene sed, en una dulcísima bebida; para el que tiene frío, en un vestido; para el que se cansa, en reposo; para el que ora, en certeza plena; para el que está de luto, en consolación.
Cuando lees en las Escrituras que el Espíritu Santo se posó en cada uno de los Apóstoles, o que cayó sobre el profeta, o bien que actúa, que se entristece, que se apaga, que es inducido a indignarse; o aun: que algunos tienen una primicia mientras que otros están llenos del Espíritu Santo, no pienses que en el Espíritu hay una escisión, un cambio o una mutación; debes creer, como hemos dicho más arriba, que es inmutable, invariable y omnipotente. Por lo tanto en sus operaciones sigue siendo lo que es y a cada uno le reserva lo que le conviene en modo digno de Dios. Tal como un sol, se difunde sobre los bautizados, pero cada uno de nosotros es iluminado en la medida en que ha odiado las pasiones que lo obnubilaban y las ha apartado. Cuando aparece alguien que las alma, de la misma manera es oscurecido.
El que odia las pasiones destruye sus causas. Pero el que insiste en permanecer en las causas, es combatido por las pasiones.
Cuando somos acometidos por los malos pensamientos, la culpa es de nosotros mismos y no de un pecado de nuestros progenitores.
Las raíces de los pensamientos son las malicias evidentes. ¡Pensar que nosotros las justificamos en toda circunstancia con manos, pies y boca!
No es posible que tengamos un comercio mental con una pasión si no alimentamos las causas.
¿Quién de nosotros desprecia la vergüenza y luego mantiene un comercio con la vanagloria? O, ¿quién, si arna el desprecio, se turba por el deshonor? ¿Y quién, teniendo el corazón arrepentido y humillado, recibe bien dispuesto la voluptuosidad de la carne? O, ¿quién, si cree en Cristo, se preocupa o pelea por las cosas temporales?

El que es tratado con desprecio y no reacciona ni con la palabra ni con el pensamiento, adquiere un conocimiento verdadero y manifiesta una fe firme en el Señor.

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